Dadaísmo
Póster del Matinée dadá (de 62 × 85 cm), de enero de 1923.
El dadaísmo es un movimiento cultural que surgió en 1916 en el Cabaret Voltaire en Zúrich(Suiza). Fue propuesto por Hugo Ball, escritor de los primeros textos dadaístas; posteriormente, se unió el rumano Tristan Tzara que llegaría a ser el emblema del Dadaísmo. Una característica fundamental del Dadaísmo es la oposición al concepto de razón instaurado por el Positivismo. El Dadaísmo se caracterizó por rebelarse en contra de las convenciones literarias y artísticas y, especialmente, por burlarse del artista burgués y de su arte.1 Su actividad se extiende a gran variedad de manifestaciones artísticas, desde la poesía a la escultura pasando por la pintura o la música.2
El Dadaísmo se manifiesta contra la belleza eterna, contra la eternidad de los principios, contra las leyes de la lógica, contra la inmovilidad del pensamiento, contra la pureza de los conceptos abstractos y contra lo universal en general. Propugna, en cambio, la desenfrenada libertad del individuo, la espontaneidad, lo inmediato, actual y aleatorio, la crónica contra la intemporalidad, la contradicción, el "no" donde los demás dicen "sí" y el "sí" donde los demás dicen "no"; defiende el caos contra el orden y la imperfección contra la perfección. Por tanto, en su rigor negativo, también está contra el modernismo, y las demás vanguardias: elexpresionismo, el cubismo, el futurismo y el abstraccionismo, acusándolos, en última instancia, de ser sucedáneos de cuanto ha sido destruido o está a punto de serlo. La estética dadaísta niega la razón, el sentido, la construcción del consciente. Sus formas expresivas son el gesto, el escándalo, la provocación. Para el Dadaísmo, la poesía está en la acción y las fronteras entre arte y vida deben ser abolidas.
Canadá como cuento universal
nviar a LinkedIn0
Enviar a TuentiEnLa identidad de una nación se refleja menos en su política que en las historias que cuenta. Con esta convicción, Margaret Atwood se propuso, hace más de tres décadas, construir para el Canadá, vasto territorio que nunca quiso definirse del todo, una conciencia cultural. Para entonces había publicado con éxito varias colecciones de poemas y una primera novela, La mujer comestible; su nuevo libro resultó ser un manual literario y práctico para todo aquel que quisiese conocer la geografía imaginaria canadiense. El punto de partida fue una reflexión de su profesor de literatura, el gran crítico Northrop Frye. "En cada cultura", escribió Frye, "existe una estructura de ideas, imágenes y creencias que expresan, en un cierto momento, una visión general de la situación humana y de su destino". Para Atwood, en el vasto territorio canadiense que alguien definió como "demasiada geografía y demasiada poca historia", ese conjunto imaginario podía resumirse a la idea de supervivencia. Perseguidos por los espectros del colonialismo, atónitos ante el paisaje descomunal, exiliados en su propia tierra por una naturaleza hostil, los canadienses narran lo contrario del deseo: aquello que se teme, aquello que se combate para sobrevivir.Los canadienses narran lo contrario del deseo: aquello que se tem
- Desde 1972, cuando publicó Survival,hasta hoy, la obra de Atwood redime y perfecciona esa obsesión. En su literatura, los personajes luchan por salvarse de sí mismos y de sus fantasmas (como en Ojos de gato yThe Robber Bride), o de los fantasmas del mundo natural (Surfacing) o de la monstruosa sociedad que trata de destruirlos (El cuento de la criada) o aún de los estragos de una ciencia enloquecida (Onyx y Craye). No es casual que la ciencia-ficción, literatura de redención por excelencia, le haya brindado un campo fértil para sus últimas narraciones.
Hoy, gracias a Atwood, la literatura canadiense tiene un pasado que se extiende hasta los confines del siglo XVIII, y un presente tan rico y variado que ya no puede limitarse a las fronteras del país. Gracias a ella, el escritor canadiense es capaz de trabajar sin sentir que escribe en el vacío de un país casi inexistente. Pero ninguna literatura, una vez afirmada, sigue siendo autóctona. La obra de Atwood, traducida a decenas de idiomas, no es leída como "canadiense", sino como el reflejo de cada uno de sus lectores que, a través del mundo, sienten que el destino de esos personajes, sea cual fuera su nacionalidad, no les es ajeno, y les revela espejos para experiencias que hasta entonces no sabían comunes. Quizás sea ése el mayor atributo de Atwood: el haber reconocido en la exploración y creación de mitos locales, algo infinitamente más profundo, menos circunspecto y, sobre todo, más universal.
Ante la pregunta de cómo sería la temática y arquitectura de una novela que refleje el presente, dice, al instante y entre risas: “¡Zombies!”. Y sigue con la broma, pero en esa simplificación hay vida. Lo dice una autora vigilante de la realidad, que denuncia, reivindica, alerta de problemas e injusticias sociales y políticas; lo dice una gran arquitecta de complejas y eficaces estructuras narrativas. ¿Cómo lo hace? “Me vuelvo loca”, contesta entre risas y moviendo de lado a lado su melena blanca ensortijada. “Cada libro es un mundo y un diseño y arquitectura único. Hay escritores musicales y visuales”. Ella se considera de los segundos. Y recuerda que Robert Bringhurst en La voz del significado viene a decir que un pájaro necesita su tiempo para volar, “tener las alas o la arquitectura desde el comienzo no basta para volar”.